lunes 16 de abril de 2007

Hazaña


Quien intuya de lo que hablo, bien entenderá que sólo hay algo peor a no atreverse a azotar la puerta cuando la circunstancia se olvida del presente que ya no es, que ya no nos pertenece: nunca haber imaginado la posibilidad de toparse con el siguiente episodio, un riesgo-rincón idóneo incluso, final acaso; momentáneo pleno en esa promesa distante.


Ahí vivo. Ahí siempre he vivido.

Ahí deseo vivir, vecino de esa otra luna innovando una a una mis vivencias hasta arrojarme al azar entre incógnitas constelaciones la noche prometida después del ayer.

Sólo hay algo mejor que arrancarse el perpetuo pasado latente: planear futuros “pasados” en el presente catapultado por la intuición.

domingo 25 de marzo de 2007

La Utópica Realidad


Una mano ágil jala del cordón renegrido, haciendo sonar sorda la campana en lo alto de la puerta, por tercera vez.
Al fin se escucha esa eterna voz por el phone:
-Mmm... -bostezando- ¿Quién es?
-¡Felapio! -responde el muchacho nervioso, aún fascinado de ese viaje insólito que acaba de experimentar.
El viejo portón de madera se abre poco a poco entre jalones quejumbrosos y tristes lamentos, gritando por sí mismo su añeja historia. Felapio apenas se atreve a dar unos pasos en el interior, recorriendo con sus retinas dilatadas todo lo que está a su alcance, al igual que un niño que entra a la casa de los espantos.
No puede explicarse lo que sucedió luego de que se atreviera a pisar a fondo el acelerador del auto; pero esto es algo que en este momento le tiene sin cuidado:
-¡No me digas que eres...! –le dice a su anciano anfitrión, recorriéndolo de pies a cabeza con sus ojos casi desorbitados; el anciano, bastante original en apariencia, le responde sarcástico:
-Soy San Pedro, hijo. ¿A quién esperabas? ¿A Santa Claus? ¡Anda! ¡Acaba de entrar de una vez! El frío del limbo afecta a mi artritis.
El portón al fin se cierra con un último rechinido. El viento logra filtrarse como chiflón que levanta los pocos cabellos blancos y quebradizos en la cabeza de un San Pedro algo malhumorado, seguramente por haber sido interrumpido en su sueño. Da más de ocho vueltas al cerrojo para luego meter todas esas llaves enormes en la bolsa de su túnica color “morado subido”. Felapio tiene que ayudarlo a cargar la gran tranca con la que termina el solemne enclaustramiento.
-¿Eres realmente San Pedro?... Lo que pasa es que... bueno... me acaban de pasar tantas cosas raras; además, nunca imaginé que fueras así.
-¿A qué te refieres? –responde San Pedro, incómodo ante la sorpresa que denota el nuevo huésped.
-¡Es que... te ves muy chido
[1]! –le dice Felapio.
Al escuchar esas últimas palabras San Pedro se da cuenta de que no necesitará ver los registros celestiales para saber el origen del adolescente. Ha descubierto su procedencia, y no sólo en lo que respecta al universo del que viene, la galaxia o constelación; San Pedro reconoce esa bella y casi única sensibilidad de los hijos de Orvantia; más conocida por los mismos orvantianos como la Tierra.
Tratando de dominar su carácter agrio, y realmente contento de darle la bienvenida a un orvantiano más, comprende que a ese chico le puede decir la verdad sin tapujos, sin medias tintas, sin evasiones:
-Mira Felapio -le susurra, deteniendo con una mano los collares de frijoles que luce en el pecho-, desde que John Lennon se mudó a vivir con nosotros, hace apenas unos meses –San Pedro se refiere a la medición del tiempo celestial-, todos nosotros hemos sufrido un cambio absoluto. Es por esto que yo, al igual que los habitantes del edén, somos... algo así como hippies, ¿entiendes?
Felapio siente ganas de pellizcarse para comprobar la eterna duda; pero, ¿acaso no en los sueños también existe el dolor? ¿No tenía razón Netzahualcóyotl cuando afirmó que la vida era el sueño y la muerte el despertar? ¿El ser humano puede conceptuar sin temor a equivocarse lo que es un sueño?
-¿Te refieres a “todos”?
-¡Todos, muchacho! ¡Todos! –modificando su actitud, demostrándole a Felapio un poco de su buen humor.
-¿Incluyendo a... “El”?
-¿A quién te refieres? ¿Al Jefe? ¡Claro! ¡Incluyéndolo a El!
Luego de reír como miserable sanguijuela San Pedro prosigue:
-Mira, John nos ha hecho ver que el milagro no es la palabra en sí, sino el concepto que deseas expresar, la idea que necesitas encontrar dentro de ti mismo, ¿captas el mensaje? –agachándose ligeramente, llevándose el dedo índice de ambas manos a la cabeza. Sencillamente -sigue- nos ha mostrado el significado verdadero del amor.
-¡Pero cómo! ¡El vino a enseñarles el amor? –pregunta Felapio.
-¡Bueno, no! ¡No de la manera como tú te la estás imaginando! Lo que pasa es que... –San Pedro busca las palabras apropiadas para hacerle entender- bien sabes que todo se ha devaluado. Las crisis de valores que brotan hoy en día en algunas de las supercoordenadas universales también nos han afectado aquí en el paraíso. Por ejemplo, últimamente Lucifer ha hecho circular contraseñas falsas en el mercado negro para ingresos restringidos en este lugar; de esta manera se nos han colado algunos indeseables, como un tal... ¿Kentelly? ¿Kendelly?
-¡Kennedy!
-¡Eso es! ¡Kennedy!... Otro era un fulano... –rascándose la calva arrugada- ¿Gordalcheff?
-¡Gorbachov! ¡Mihjail Gorbachov!
-¡El mismo! ¡Con decirte que este tipo intentó sobornarnos porque quería filmar un promocional en la televisión! En lugar del espeluznante lunar que tiene en la frente quería colocarse una enorme “eme” amarilla... Pero bueno, a la llegada de John –suspirando profundo- todo ha regresado a la normalidad, haciéndonos ver el camino de nuevo.




Para desgracia de San Pedro, una herencia tan aburrida como la que le ha sido otorgada lo ha convertido en un burócrata nato. Esto lo obliga a interrumpir la amena charla para proseguir con el protocolo de costumbre:
-Ahora te conduciré al Departamento del Registro Celestial, para que tomen tus datos y tus huellas digitales.
-¿Mis huellas digitales? ¡No te pases San Pedro! ¡Estoy en el cielo o en la cárcel!
-¡Ja! No lo tomes a mal, por favor. Lo que pasa es que en ocasiones se llegan a perder las arpas; incluso se han llegado a extraviar algunas auras, sobre todo las rojas. Ya sabes, no existe el sistema perfecto. Es un simple trámite que el Jefe exige.
-¿Ladrones en el cielo? ¡Pero! ¡a qué clase de paraíso he llegado!




Después de llevar a cabo el registro correspondiente ambos se encaminan hasta una tienda de aureolas, en donde Felapio se ve en la necesidad de adquirir, no precisamente con dinero, una talla ocho, la medida de su cabeza. –Además de aureolas de todo estilo y colores, en esa tienda también es posible obtener simpáticas lenguas de fuego de diversa intensidad; pares de alas, para el verano o para el otoño, según el material del que son hechas; sandalias transparentes de hilo luminoso, parecidas a las que luce San Pedro; o ¿porqué no?, una especie de taparrabo unisex, de una tela muy parecida a la seda.
Y así siguen caminando, solitarios; a pesar de que Felapio intuye una siniestra presencia por todas partes; ambos con sus respectivas aureolas brincoteando arriba de ellos; la de Felapio ondula peligrosamente sobre su cabeza, debido a su lógica falta de equilibrio en estos nuevos menesteres; charlando de las mil cosas en común que de pronto descubren tienen entre sí, a lo largo de un gran corredor tenuemente iluminado, hasta llegar a otra puerta, esta de ¿cristal cromado?, arriba de la cual cuelga un enorme cartel pardusco que dice:




“Bienvenidos al Elíseo”




... en los idiomas más comunes hablados en todos los universos, así como infinidad de dialectos y hasta unas cuantas lenguas muertas, según le explica San Pedro, emocionado, a un Felapio interesado en el tema.
A la izquierda de la puerta, sobre la pared, apenas se sostiene por un clavo oxidado la lámina de una vieja publicidad: “Toma Coca-Cola, la Chispa de la Vida”.
Al girar la perilla de la puerta se encuentran con una muchacha dormitando en el suelo, de cabellos largos y un vestido al mejor estilo Pop-67 que deja al descubierto sus piernas flacas y pálidas, sus pies desnudos.
-¡Bienvenido hermano! –le grita sonriente la chica a Felapio, despertando amodorrada, elevando hacia él con ademán sincero la cerveza de bote que sostiene en su mano izquierda- ¡Que te la pases de maravilla!
-¡No le hagas caso! –sentencia San Pedro, otra vez enojado, jalando del brazo a Felapio, obligándolo a proseguir el camino por el corredor-, es una de las indeseables que ha logrado filtrarse con contraseñas falsas; era amante de un sacerdote; a los curas no los aceptamos salvo raras excepciones; son como los monjes, generalmente se la pasan evadiendo su realidad: prefieren aprender en lugar de vivir; ambos conceptos son importantes, pero no hay que olvidar nunca la jerarquía de valores. Respecto a la chica, la colocamos en esta sección mientras se tramita su deportación definitiva.




El corredor parece no tener fin ni sonido alguno. A cada paso, sin realmente pisar, la luz va aumentando de intensidad y el silencio precioso diluyendo lo poco que queda de angustias en Felapio, hasta convertirse en brillo multicolor y mudez de emociones en un resplandor que acaricia los ojos, los oídos; provocando a la alegría plena.
-Mi querido Felapio, ahora te voy a presentar con el Jefe.




Es así como San Pedro toca a una puerta casi traslúcida, de la misma manera como tocaría el empleado de confianza a la puerta del presidente de una compañía de seguros.
-¡Un momento por favor! –responde desde el interior tremenda voz, gruesa, amable, reflejando cierto apremio.
Luego de una espera de varios minutos se vuelve a escuchar aquella voz potente, bondadosa.
-Adelante...
Es una lujosa oficina en la cual sobresale, y por mucho, un gran cuadro enmarcando el fantástico escritorio que parece flotar en la nada. El cuadro no necesita mayores explicaciones: es el famoso Judas Iscariote colgando de un árbol al borde de una barranca; algunas aves, de carroña tal vez, vuelan a lo lejos, en el rimbombante atardecer nebuloso de la pintura.
Cómodamente sentado en su sillón, con ambos pies arriba del escritorio atiborrado de papeles, vestido de mezclilla de los tobillos hasta en cuello y con una discreta margarita decorando su oreja izquierda, un hombre de edad avanzada, pero que denota mucha energía, reflejada sobre todo en su mirada, separa sus labios resecos para preguntarle con dulzura a San Pedro:
-¿A quién me traes hoy, hijo mío?
-Se llama Felapio, Señor.
-¡Felapio! –al escuchar su propio nombre el nerviosismo hace presa del muchacho- ¡Has nacido al fin a la verdadera vida! ¡Quiero que disfrutes de mi reino! ¡Sé feliz entre nosotros!
-Eh... eh... g-g-gracias..... O-ojalá... –apenas puede responder el pobre Felapio. Por su parte el Jefe sufre un poco para enfocar la figura del muchacho.
El viejo encantador, sin mayor preámbulo, abre el cajón principal del escritorio extrayendo una pequeña bolsa de plástico trasparente que también parece levitar entre sus dedos; la desanuda, ofreciéndole al chico turbado un poco del contenido de la bolsa, algo así como una exótica fruta conservada en miel.
-Vamos, toma unos; estamos en confianza.
-N-no, gracias... Tal vez más tarde... en la noche...
-¿Cuál “noche” hijo mío? –responde el Jefe a Felapio con infinita ternura-. A partir de hoy ya no padecerás más noches. A partir de hoy siempre vivirás la luz, ¡créelo! ¡Amor y paz, manso cordero!
-Eh... Amor y paz... ... ... ¿Señor?
-Ahora, por favor –les pide el Jefe a ambos, modificando bruscamente los rasgos de su rostro; eludiendo el servilismo de San Pedro, quien presuroso desea ayudarlo a incorporarse del sillón-, déjenme solo. En dos horas tendrá efecto la Entrevista Cumbre. ¡Lucifer tiene que explicarme ciertas declaraciones que hizo de mí la semana pasada en el Periódico Celestial! ¡Por su maldita culpa estoy perdiendo popularidad! –su puño cerrado ya se ha estrellado contra una pila de expedientes sobre el escritorio.
De esta manera San Pedro pide permiso para salir de la oficina, al igual que lo haría el astuto empleadillo al jefe de la gran compañía. Felapio se limita a seguir sus pasos, sin despedirse del Señor.





Explorando una inmensa llanura, que bien podría haber sido la envidia de un Salvador Dalí, absorto en las naturalezas más vivas, a medio camino de su mejor implosión; y que lo mismo sería codiciada por un esquimal o un habitante de la selva lacandona, Felapio le va revelando a San Pedro ciertos detalles de algunos conceptos, ideas, paradigmas y hasta uno que otro pasaje histórico, bíblico –lo que un terrícola común puede saber a los veintiún años- en el devenir de la historia moderna de Orvantia, provocando que el viejo mañoso se sienta ridículo de ignorar tanto.
Pero como no es posible que un simple, común y corriente orvantiano sepa más que el Fundador del Gran Concepto, este se las ingenia maquiavélicamente para evitar su total evidencia:
-... Oye muchacho, ¿te gustaría conocer a Lennon?
-¿¿¿Neta
[2]??? –parando en seco su levitar, entre increíbles sinfonías de pájaros silvestres e insectos inenarrables, árboles imponentes con sus puntas perdidas en lo alto, lejanas montañas rojas cobrizas cuyas cumbres grisáceas parecieran estarse masturbando con las nubes blanquísimas que las cubren apenas; esparciendo sombras acariciantes sobre algunos hongos de colores chillantes que Felapio asocia con aquellas “frutas en almibar.”
-¡La neta, chavo! –responde San Pedro; dándose cuenta de que su honor se ha salvado por un pelito- ¡Vamos a buscarlo!




Y ahí está, en las orillas del gran bosque que parece disfrutar la expectativa de lo que se supone podría ser un océano; tomando en cuenta el sonido de lo que Felapio interpreta como olas furiosas que seguramente en alguna parte revientan su esplendor; sentado en el suelo, en ese patio de limitadas dimensiones; entendiendo por “limitado” el hecho de divisar el final en el horizonte; cuyo pisar evocaría el caminar sobre un colchón de agua o una laguna atiborrada de lirio impermeable. El patio está cercado patéticamente por alambre de púas... ¿de plata?
Al irse diluyendo la distancia entre Felapio y Lennon, sensación que no puede traducir palabra alguna, la sorpresa es fenomenal cuando los párpados de Felapio se abren y se cierran invitando a su vista a nublarse; reconociendo además, sin titubeos, a ¡Joplin, Hendrix y Morrison!




Esto no lo sabe San Pedro; no lo imagina casi nadie en el reino-: John lleva ya varias semanas intentando transformar la energía contenida en aquellas montañas cobrizas en otro tipo de energía, a efecto de crear un artefacto que podría traducirse como un arpa eléctrico.
Lennon, indiferente a su alrededor, con aquella misma playera que decía y que dice: “War is Over if you Want it”; rascándose los dedos de los pies.
San Pedro y Felapio en su caminar pantanoso, a escasos metros de Lennon.
Jannis sujetándose la cabellera con su propia aureola. Jimmy, por su parte, parece ser el primero en advertir la presencia de Felapio: hipnotizado por el atuendo “morado subido” de la túnica de San Pedro
[3]. Jim, por su parte, evoca un cielo que él sabe existe arriba de él. Con un poco de imaginación, las aureolas de los cuatro lucirían como perfectas boinas colocadas de lado sobre sus cabezas, al estilo de un gallego empedernido.




-John -brota la voz de San Pedro, cual relámpago despertando a la lechuza momentos antes de la media noche-, te presento a Felapio –Lennon se coloca al instante sus gafas redondas de color azul cielo sobre la frente, obsequiándole al infinito una sonrisa sincera que invita a sus amigos a imitarlo, cada uno acorde a su personalidad-. Es un orvantiano –sigue San Pedro-, así que espero que entre ustedes se entiendan, ¿ok? Ahora –se dirige San Pedro a Felapio, posando solemnemente sus manos sobre los hombros del muchacho-, es el momento de dejarte. ¡Mis responsabilidades son muchas en este reino!; tengo que regresar a la caseta.
-OK Pedrín, see you latter –le responde indiferente Lennon a San Pedro, con verdaderas ganas de que se largue a su caseta lo más pronto posible.
Con pasos erguidos y actitud digna de un pavorreal San Pedro se aleja, teniendo cuidado de no pisar alguna de esas piernas o brazos que asoman entre el lirio impermeable. Sus escasas canas sujetas en la nuca por un listón descolorido descansando sobre sus hombros huesudos –es la viva imagen de La Muerte. San Pedro es La Muerte Barbada.







A pesar de que en Orvantia sobreviven más de seis mil quinientos millones de seres humanos –el concepto humano es aplicado a millones de civilizaciones de la carne, en toda la Creación-, es muy raro el día en el que un orvantiano llega al paraíso, basándose en el transcurrir del tiempo a través del volumen. Por lo tanto John se siente también congratulado de que uno de su familia sea un nuevo morador de dichas armonías, en ese paraíso tan particular. Debido a esto John no duda en presentar, orgulloso, a Felapio con sus viejos camaradas.
Jannis, igualmente congratulada, le planta en la boca a Felapio tremendo beso seco, con esa mirada que ya lo ha desnudado por completo; por su parte Hendrix no está en condiciones de ponerse en pie, se limita a pedirle “los cinco” en medio de una fraternal sonrisa; Morrison tampoco está en situación de demostrar sus emociones plenas: su voz, como siempre, lo delata absoluto, flotando horizontal:
-Welcome home, brother! I love you! –para luego sufrir otro ataque de tos.
Felapio siente que la mirada perdida de Morrison lo atraviesa, al igual que la sensual emotividad de Jannis, el misticismo de Jimmy Hendrix y la plenitud de Lennon. –Más tarde comprenderá que no pudo haberle sucedido mejor cosa que haberse pasado ese alto en la avenida, dentro del taxi que rentaba. ¿En aquel momento llevaba pasajeros a bordo?... ¡A quién le importa! ¡Hay momentos en que la experiencia terrestre es un asunto sumamente personal!
No recuerda nada, nada concreto de su vida pasada ni de su viaje a través de las dimensiones. ¡Qué afortunado!




Johnny Winston Lennon –parodiando a su nombre terrestre; ya que los verdaderos nombres son un secreto del paraíso, conocidos solamente por el Alto Mando-, fiel a su costumbre, se abre por completo, ¡y porqué no hacerlo con un orvantiano como lo es Felapio!
Sin dejar de lado su particular acento inglés, hablando en un extraño español, con tintes de algunos acentos extraterrestres de los cuales ya ha recibido influencias:
-Sabes, cada semana organizamos Umpluggeds totalmente improvisados en los cuales tocamos algunos de nuestros éxitos allá, en la Tierra –es el momento en el que John eleva la vista, recordando tanto-, y uno que otro que hemos compuesto aquí. Créeme que al Jefe le agradan; casi siempre lo ubicamos en primera fila, sin camisa, brincando como chiquillo –ahora Lennon baja la mirada como el padre que no comprende el proceder de su hijo.
“Jimmy Hendrix le ha tomado el modo al arpa; la neta es que aquí no han aceptado algo parecido a su guitarra Foxy Lady; es una pena. Bueno, al menos yo he logrado acostumbrarme a las notas graves de los arcángeles, rescatando al contrabajo en ciertos experimentos más o menos interesantes. Morrison y Joplin se turnan las voces; siempre y cuando el Alto Mando no nos censure las letras. ¡Es una lata
[4]!
“John Bonham, el famoso “Bonzo” de Led Zeppelin que tú bien recuerdas, es quien rescata en la batería nuestros aventurados intentos; por cierto que él acaba de pedir un permiso especial para visitar a Freddie Mercury al averno; y es que al pobre de Freddie no lo quisieron recibir aquí por estar infectado de SIDA. ¡Oh Freddie! ¡cómo te extrañamos!





La charla se desarrolló por largo rato, poniéndolo Felapio al tanto de algunos acontecimientos recientes en el antiguo hogar de ambos, mismos que John desconocía; por ejemplo, el inminente inicio de la decadencia de los Estados Unidos, a lo que Johnny reaccionó con tremendo grito de alegría, provocando que Jimmy Hendrix despertara sobresaltado.
De pronto, un sonido estremecedor desafía los nervios de Felapio, hasta que se le pone la carne de gallina, volteando en todas direcciones buscando la causa de semejante estruendo; mientras tanto John y sus amigos parecen no haber percibido nada fuera de lo normal, indiferentes al molesto ruido que incluso provoca que el blando piso ondule angustiante.
Finalmente, al disiparse lenta una sutil nube de partículas diminutas que brillan maravillosas en infinidad de tonalidades sicodélicas, Felapio se incorpora precavido, tratando de dominar su terror, preguntándole a Lennon:
-¡Q-qué demonios fue eso!
-Velo tú mismo –señalando John hacia la cola de un flamante avión que aparece lenta, majestuosa entre la nube colorida-. Es el jet particular del Jefe –le explica John a Felapio-; se supone que en unos cuantos minutos El debe trasladarse a los límites de la Zona Inconclusa para entrevistarse con Lucifer. ¡Hace ya seis años que no pueden ponerse de acuerdo los inútiles respecto a quién tiene los derechos para urbanizar en ese lugar!
Felapio no tiene idea de dónde pudieron haber salido, de repente, tal cantidad de ángeles, todos ellos con idénticas pieles rosadas que abruman, así como pequeñas alas blancas semejando el algodón en el capullo, y patéticas arpas diminutas que tocan perfectamente sincronizados –dichas arpas le recuerdan a Felapio, como un flashazo solamente, cierta escena de su vida anterior; tal vez alguna feria provinciana... sólo eso; y es que los verdaderos recuerdos han sido abortados por completo de su mente; incluso la certeza de su muerte carnal-; formando entre todos una inmensa valla desde el corredor que conecta con la oficina del Jefe, allá, en el límite del horizonte, hasta la escalinata del jet, a considerable distancia de John y Felapio.
Al aparecer el Jefe por el extremo del corredor luminoso, semejando el puntito de luz que emana de la luciérnaga salpicada por la lluvia, la inmensa mayoría de los habitantes del paraíso, arremolinados alrededor del avión, le gritan desmesurados hurras y alabanzas; sobresaliendo San Pedro, con su gorro papal de idéntico tono violeta al de su túnica, agitando a las masas con un magnavoz dorado, al tiempo que cuida que no resbale de la espalda del Jefe esa suntuosa gabardina negra; hasta que aquello se convierte en un terrible circo enmarcado por cientos de aureolas apagadas que giran, subiendo y bajando por los aires, imitando la caída de un extraño confeti casi ingrávido. El Jefe agradece semejante demostración quitándose su sombrero de gitano.
Momentos antes de que ascienda por la escalerilla del jet, un reportero -las tonalidades amarillas chillantes de su aura lo delatan- se envuelve la mano derecha con parte de su túnica –por cierto que trae puesto uno de esos coquetos taparrabos unisex, de color negro fosforescente- para luego arrancarse la gran lengua de fuego sobre su cabeza, acercándosela al Jefe, escuchándose perfectamente en todo el reino, tanto la pregunta como la respuesta de este:
-¿Nos puede decir qué temas van a tratar, Usted y Lucifer?
-¡Voy a negociar con ese desgraciado la Frontera Poniente de la Paz! –responde el Jefe con voz cansada, entrecortada- ¡Es todo! ¡Ya déjenme tranquilo! ¡Déjenme pasar!
Más que molesto desaparece al instante dentro del avión que bien podría haber sido deseado por uno de los Rockefeller o cualquier magnate árabe; haciendo caso omiso de las multitudes que le siguen lanzando aureolas, tapizando incluso con ellas la escalerilla, provocando que la comitiva que acompañará al Jefe en la Reunión Cumbre resbale en más de una ocasión. Los vítores se transforman súbitamente en sonoras carcajadas.




... Y regresa la normalidad. Todos retornan con cierto aire de nostalgia a sus ocupaciones habituales ¿?. Es así como Felapio conoce, por primera vez en la vida después de la vida, el gran ocio celestial.
Para su fortuna John ya tiene vasta experiencia, a pesar de su corta estadía en el paraíso, en cómo sobrellevar estos insufribles períodos de nada, los famosos tormentos de la tan trillada fácil felicidad –al tener conocimiento de la inminente llegada de John al paraíso, los viejos bluseros, y hasta un ex papa rebelde, amante de los verdaderos destellos musicales durante la edad media, se pusieron de acuerdo para instruirlo en todo lo que fuera necesario.
-Oye chico –le dice Lennon a Felapio, quien sigue con la vista clavada en ese punto luminoso en el firmamento inmaculado: el jet del Jefe con rumbo al averno; iluminado seguramente por alguna sensata razón, o al menos por algo muy distinto a un sol-, la verdad me has caído muy bien; además, si no me equivoco, eres sangre de la nueva alianza, y debo ver por ti; no creas que todo es fácil en este lugar; mis fraternos –señalando a Joplin, Hendrix y Morrison a unos cuantos pasos de ellos- ya andan bien “pasados” –John ríe con su clásica desfachatez, provocando la primer sonrisa de Felapio-; y como siempre, ¡ya me estoy empezando a aburrir!... Tengo ganas de ir al cine, ¿me acompañas?
-¡Claro! –responde Felapio emocionado, igual que el preso que es invitado a escapar de su celda luego de purgar los primeros cinco minutos de un delito que nunca cometió.
-Creo que sigue en cartelera “Rescate en el Infierno” -comenta Lennon-; el Cine Celestial no está muy lejos de aquí, tomamos el metro en la estación Espíritu Santo y transbordamos en Sagrado Corazón de Jesús, así de fácil. Además debes de ir aprendiendo a moverte en el transporte público; y es que... no quiero desanimarte pero, ese famoso comunismo creado, entre otros mundos, también en la Tierra, es una calamidad; ¡y eso que los muy herejes ya lograron deportar a Trotski!







Cualquier orvantiano –sobre todo de la ciudad de México- se habría sentido en el cielo al ver esas calles atiborradas de aureolados desmaculados introvertidos, todos ellos emanando una paz tal, que pareciera los obliga a adormecerse mientras caminan entre bellos cantos de legiones de angelitos voladores que brotan de no sé dónde, y una especie de polvo tintineante, obligándolos a suspirar y suspirar sin pausa alguna, sin causa aparente; acaso para admirar lo inconmensurable en el pequeño espacio que los separa del suelo; con sus bocas abiertas, vacías de lenguas y saliva: ambas resultan obsoletas en términos prácticos, en este lugar desviciado en nombre del ya famoso Alto Mando.
John y Felapio están a dos cuadras del Cine Celestial. John desgastando a cada paso las suelas de sus viejos tenis sin calcetines sobre esas banquetas ridículas de tan perfectas, en una simetría que puede sonreír; por su parte Felapio, buen aprendiz de resucitado, por cada tres pasos que intenta dar sobre la banqueta termina levitando hasta elevarse al igual que un globo de gas, obligando a John a jalar de la túnica blanca de su amigo para evitar que termine perdido, como los demás.
Sujetándolo de la túnica lo lleva hasta un estrecho callejón en donde cuatro o cinco querubines, rosados y alados, escarban en el suelo –algo así como “la conquista de la luna”- con sus arpas ya destrozadas. Al sentirse descubiertos por John los querubines vuelan a toda prisa, transformando sus tonalidades rosas en el rojo de la vergüenza; la misma vergüenza de los seres de carne en Andrómeda o en Vizeckzia o en Vía Láctea... o el paraíso-, hasta esfumarse en lo alto de las pequeñas construcciones aledañas, las cuales están formadas por un material muy parecido al migajón, y algunas al engrudo casi cuajado.
John comprende que ya no hay peligro alguno:
-Esto te lo voy a decir solamente una vez, Felapio –sin dejar de sujetarlo de la túnica-: la única manera de conservar los pies en tierra firme, en este sitio, es experimentando lo no normal de los sentidos –extrayendo de su túnica arrugada un cigarro más arrugado aún, colocándolo frente a los ojos de Felapio-. Este es un secreto que muy pocos planetas conocen –sigue-; los terrícolas somos afortunados, créemelo. Si no deseas hacerlo, no hay problema; ahora que si quieres, lo compartimos tú y yo, una vez en cada ciclo.
Lentamente, el levitar de Felapio va cediendo, terminando por rozar tierra en el preciso momento de darle la primer fumada al cigarro de John, despertando, proceso a proceso, miedo tras miedo, hacia una realidad mucho más confortable a la que sintiera nunca antes.
-Esto es sólo el principio, Felapio. Me da gusto tu valor. Ya tendremos tiempo para confiarte otros secretos que conozco. Por lo pronto te recomiendo que te hagas amigo de Jannis, ella sabrá guiarte con sus acertijos –John le sonríe a Felapio como un hermano-. Créeme –sigue-, somos muchos los seres despiertos en el cielo; y nunca lo olvides, sólo una vez en cada ciclo, ¿de acuerdo?
Felapio asiente con la cabeza, exhalando el humo de la tercer fumada; sintiéndose pleno en su personal realidad.




Al llegar al cine, en una zona exclusiva –los demás cines, por ejemplo, el Cine del Perdón, el Cine Valle de los Sacrificados o el Cine Ayuno, entre muchos otros, se encuentran desparramados en otras secciones menos favorecidas del reino-, las filas en las taquillas –al igual que las filas en los supermercados, restaurantes y casas de mil giros con afán de enriquecimiento, propiedad del Alto Mando, restringidos para buena parte del reino- están hasta la madre santísima de todos los santos; este hecho orilla a John a conseguir dos boletos con un revendedor, pálido y desalado, un simple comerciante del mercado negro.
Al fin, Felapio, caminando a la par de Lennon, se introducen ambos al majestuoso Cine Celestial, donde efectivamente, en tres de sus salas se sigue exhibiendo “Rescate en el Infierno”, superproducción –es la primer superproducción que nada tiene que ver con intereses particulares: algo así como cine experimental patrocinado por “los primeros vientos de lo que bien han tenido a llamar surrealismo intemporal, herencia, y a la vez justicia divina de un polvo en el firmamento llamado Orvantia”- póstuma de Betty Davis y Humphrey Bogart -¡cómo batallaron para convencerlos!- en los estelares, con música inédita de Wolfgang Amadeus Mozart, dirección de Luis Buñuel, basada en un guión de Julio Verne –quien, según reza la publicidad a la entrada de la sala, descubrió que la ciencia ficción y la ciencia en sí, son la misma cosa, separadas apenas por ese prejuicio recordado como tiempo.




Justo cuando entran en la enorme sala repleta, unas tres docenas de esos insoportables angelitos voladores tienen la pésima idea de entonar otro de sus susurros lastimeros, cooperando para que la atmósfera sea más espesa; a la vez que las luces en las alturas se apagan parsimoniosas; diluyéndose los rostros acartonados de algunos Inquisidores en los palcos barrocos; al menos John logra darle tremenda nalgada a uno de esos angelitos presuntuosos.
La función da inicio con una publicidad musicalizada al estilo -¿con la presencia?- de Sergei Rachmaninoff:




Amigo mío, ahora que el invierno está próximo y espesos nubarrones sepultarán tus escasas ideas, quiero hacerte una cordial invitación para que nos visites en el averno...




Y pensar que el Jefe se encuentra tan lejos...




... Bien sabes que te estamos esperando con los brazos abiertos. Contamos con hoteles de cinco estrellas, además de esos salones de baile que tanto añoras; canchas de tenis, aguas termales, saunas naturales emergiendo de la profundidad de nuestras únicas e hirvientes cavernas infernales.
Si nunca nos has visitado, quiero que sepas que llegar aquí es más sencillo de lo que tú piensas; tenemos vuelos perpetuos en nuestra prestigiosa línea “Caminos del Mal”...




Millones de años atrás, Carlos Santana se ve obligado a firmar un contrato en el cual su música será incluida en un comercial de lencería, para la televisión británica
[5].

... Y recuerda, ¡recuerda!, ¡no tienes porqué sufrir del frío invierno! ¡Ven con nosotros a disfrutar del averno, en su temporada de verano!




Las imágenes del publicitario son más que explícitas para desear sin límite las bondades del infierno veraniego.
Con un poco de imaginación -¿con un poco de maquillaje?- Martín de Porres y Juana de Asbaje aparecían en ellas, entre otros perfiles interesantes.
Para dar por terminado al preámbulo a la película, los últimos tres minutos los dedican a informar las actividades culturales a desarrollarse en los siguientes días en el averno:




CONFERENCIAS:
Sócrates: “Mi experiencia con la cicuta”.
Kafka: “La Verdadera Naturaleza del Absurdo”.




PRESENTACION DE LIBROS:
Platón: “Conjeturas Personales de mis Monólogos”.
Honorato de Balzac: “¡Este purgar!”
George Byron: “Mis Manuscritos Quemados”.
Dante Alighieri: “Correcciones al Infierno”.
Dostoievski: “Guía completa de Casinos”.
Johann Goethe: “La Bestia me Dijo...”. –Octogesimonovena edición.




En la pantalla multidimensional da inicio la película: la basílica de San Pedro es un hervidero clandestino de berridos; miles y miles de experimentos celestiales –invisibles a los fieles orvantianos que atiborran la misma basílica, en un alarde de disolvencias en video y sonido, seguramente dignas de elogios en el festival de Cannes- en busca de la mutación espíritu-carne.
Lo anterior se puede resumir de esta manera: los seres celestiales que nunca han experimentado la vida mortal han montado un sofisticado laboratorio, un laboratorio de “clonación anversa”, en el centro perfecto de su ingenuidad, con el único fin de explicar lo inexplicable: el deseo.
Desean comprender la naturaleza de un humano. Desean desear, sin tener idea de la palabra desear. Y qué mejor manera de hacerlo que analizar, una vez en cada ciclo, el inicio de una vida carnal, en probetas, en cunas, en...




Momentos antes de comenzar la cinta John le recomendó a Felapio desconfiar de Platón, debido a que se ha convertido en el más famoso soplón del averno; respecto a Dante, Lennon también tiene algo importante que confiarle a su nuevo amigo.
De pronto, una escuálida virgen, con enorme bolsa de palomitas sujeta entre sus manos, le pide permiso a John para pasar en la fila donde se encuentran ambos ubicados, obligándolos a levantarse de sus asientos; al tiempo que se percatan de que la languidez de la chica no es tanta.
La mujer, con una incitante sonrisa, le pide perdón a Felapio luego de pisar uno de sus pies.
Bien podrían abordarla al final de la función. Después de todo, Lennon siempre cuenta con buenos amigos dispuestos a rescatar de su muda eternidad a las mujeres interesantes del Imperio.
Al pasar frente a él, la penumbra le permite ver a Felapio esa discreta tersura femenina desfilando ante sus ojos. No se aguanta las ganas de tocar su...






¡RIIIIIIIIIING!
¡Quién demonios habrá inventado los despertadores!




-¡Vieja! –apenas despertando, Juanito escucha la voz insoportable de su propio padre- ¡Dónde carajos pusiste mis calcetines! –se coloca la almohada sobre la cabeza, intentando ignorar la fría realidad que lo entume hasta los pies; sobre todo cuando los berridos del bebé de su hermana, en la recámara de al lado, taladran sus oídos.
-¡Juanito! ¡Ya levántate! ¡Son las seis y media! – ahora es su madre menopáusica tardía y tal vez eterna; canturreando en cacareos despiadados algún masoquismo de Vicente Fernández que transmite la radio a todo volumen en todo el Valle de México- ¡Eres igualito que tu padre!







Juanito intentó dormir por tres minutos más, deseando rescatar al menos un esbozo de ese sueño maravilloso... en vano.
Sobre el WC, apenas recuerda la lejana imagen de un vejete enojón; un simpático patrón; un hermano irreconocible.




“En Radio Rutina, son las seis cuarenta y tres de la mañana... Buenos días”











[1] Original, a la moda.
[2] ¿De verdad? ¿En serio?
[3] Alusión a la canción “Purple Haze” (Neblina Morada) de Jimmi Hendrix.
[4] ¡Es una calamidad!
[5] Alusión a la canción “Evil Ways” (Caminos del Mal) de Carlos Santana.

sábado 10 de marzo de 2007

El traslado




Sus ojos se abren asustados en medio de la oscuridad. Los dirige cauteloso hacia abajo, a su propio corazón enloquecido, activado ante el vértigo.
Luego de varios segundos transcurridos en placentero martirio parece recordar una imagen, agudizando la sensación que de cierto modo le va resultado familiar. Lo anterior lo obliga a convencerse de que, una vez más, le será imposible defender todo aquello que de buenas a primeras acepta que ama; a pesar de la atmósfera sorda de lapsos extendidos, idónea para evitar más de esas aburridas comprensiones.
Ahora que se encuentra en este espacio renovado adivina que se trata del principio; concentrándose lo suficiente para evitar preguntarse “el principio de qué”. La caída prosigue, cautivándolo, lo protege en un sentido absoluto; y es que la caída “es”.
Antes, cuando reaccionaba sobresaltado, sin interpretar el suceso y su original característica, todo le parecía un error, un abrumador castigo sin causa; el cual seguramente en alguna parte del trayecto tendría tatuado un alias y hasta un conmovedor buenas noches. En cambio ahora, con el pentagrama en perspectiva, le entregaría su vida en lo que él intuye es un hacia adentro más que un simple y descorazonador hacia abajo; el centro de algo vivo entre su extravío y el presentimiento; ayudándole a retomar el camino frustrado de sus latidos, paso a paso; controlando aquellos grises protocolos de sol.
-¡No!… aún no -animándose a elevar temeroso la mirada ante la incertidumbre por seguir asimilando; y por si fuera poco el aturdimiento reanuda la opción única: “Acéptalo, dentro del lapsus un desliz no puede ser error”.
Finalmente se siente trasladado en punto neutro.


Arriba y abajo son divagaciones cuyo punto de equilibrio equivale a justificar el amparo de la piedad; la nitidez de su mirada titubeando ante la verdad.
Pero si la emoción aún logra inquietarlo, si su corazón una vez más se sacude, transformando la tangente en busca de coordenadas en una simple caída libre, significa que su ser se mantiene atento al llamado pero él en sí no concerta, o se niega, o no puede. Quizás duda a través de la estática y esa inusitada elasticidad profundizando un laberinto iluminado cada vez que el sueño parece vencerlo; atreviéndose a cerrar los ojos cansados de interpretar su sentir; obligado a hacer un último esfuerzo para mantenerlos alerta, fuera de sí, ya que hacia adentro va; sin parpadear, sin excusas; aceptando al fin que desde un principio la distancia ha terminado.

Sólo durmiendo podrá despertar.

viernes 9 de marzo de 2007

Los Cuatro Elementos


I
En algún festín del pasado, a la orilla de un río enrojecido por el sol que apenas brotaba de él, parecía no existir momento más acogedor. La paz derramada emanando.
Minutos más tarde, ajenos al suceso cotidiano, tres niños entretenidos lanzando piedras provocaban que el agua del río se convirtiera en un sinfín de galaxias expandidas, fugaces.
Un poco alejado de ellos, sereno, sentado en el caudal, se encontraba otro pequeño a quien le tenía sin cuidado el hecho de hundirse quizás, así como el sol ardiente que cegaba sus ojos en ese resplandor naciente. Era el hijo de la melancolía; de la mirada abstraída.
Cuando el sol levantaba su vuelo el olfato de este pequeño, suspirando sin oler, admirando sin analizar, solía capturar el trayecto del insecto: levitar del polen; así como aquella lejana evaporación del mediodía, cortina transparente, titilante por así decirlo, transformando el horizonte en visión premeditada. Nunca lo traicionaron el ave asomando en caída irremediable; el pez malabarista por un instante en sus oídos. Libertad.
Ansioso sin descanso de lanzar esas piedras flotantes que pasaban a su lado, en el río, hacia tierra –alguna extraña peculiaridad del mineral, la cual él siempre desconoció, las hacía emerger.
De apariencia tranquilo, incluso ingenuo; nadie imaginó en el pueblo de alguna alquimia capaz de transformar la fiereza en sabiduría.



Esos tres niños ya habían advertido la presencia de aquel niño solitario; de hecho sus padres les llegaron a hablar de él alguna noche helada junto a la chimenea de los mil recuerdos. Y un buen día decidieron, al igual que sus tatarabuelos, burlarse de él.
Acercándose a la orilla peligrosa de ese río rebotado, verdaderamente molestos, se animaron a gritarle que su proceder era equivocado, que el juego consistía en aventar las piedras desde tierra hacia el río, no al revés, tal como él lo hacía; además de que era una gran falta el hecho de “sentarse sobre las aguas”.
-¡Como si todo lo dominaras, desgraciado! –solían gritarle los chiquillos, envidiosos de su eterno flotar cabalgante.
En pocas palabras, ese niño solitario era un maldito loco para ellos.
Pero el solitario los ignoró; esa era su estrategia, su costumbre; inmutable, lanzando sin cesar uno que otro mensaje a tierra firme.



Los tres amigos, al ver su actitud, terminaron por sentirse ridículos; de esta manera se atrevieron a aventarle piedras al pequeño, hasta que una de ellas se estrelló en su rostro, abriendo al instante esa siempre fresca herida de penetración emocional.
Como única respuesta el solitario permaneció quieto, sin llorar, sin moverse, sin modificar en lo más mínimo la profundidad de su mirada -que en esos momentos advertía el nacimiento de un futuro árbol frondoso, más allá de la cortina de vapor, en el bondadoso reino de las termitas.



Como siempre sucedía, los niños, aburridos, se alejaron con rumbo a sus casas; sin dejar de gritarle a ese necio que era un cobarde lunático; sin detenerse a reflexionar que ninguno de los tres tuvo nunca las agallas de enfrentar la corriente del río para encararse con el pequeño.



Y el sol se despidió en su acostumbrada osadía siempre innovadora; desvaneciendo el orgullo de las montañas en el horizonte.
Aquel niño solitario seguirá ahí, en esa terrible oscuridad de fantasmas proclives a la creatividad; curando su dolor con el frescor del río, alimentándose de estrellas, cobijándose con esas ideas compartidas.




II
La tormenta se acerca. Hojas secas y basura rasguñando las banquetas. Ahora el viento desea contar su propia historia.
Se cuela por debajo de la puerta recorriendo tu cuerpo. Las bisagras gritan angustiantes, giran impotentes hasta que la chapa marca la pared.
Presintiendo la desgracia permaneces recostado con las manos en tu nuca; mientras las olas rebeldes acarician, para luego deleitarse con el sabor amargo de tu cama, una y otra vez, más potentes a cada intento.
Hay luna llena naciente; la marea está ovulando.



Tal vez a la Tierra le gusta satisfacerse con las penumbras de ciertas atmósferas; tomando en cuenta que allá, a lo lejos, a la derecha del cuadro de tus padres recién casados, el sol brilla majestuoso entre nubarrones enormes que van del blanco asechante al gris más tempestuoso, ligeros al viento; navegando el curso de las gaviotas de peñasco en peñasco –una de ellas acaba de humedecer la almohada de tu madre.
El horizonte nítido besando al mar a la distancia; confundidos ambos al final de la sala; salpicada la cocina y hasta las demás recámaras en un azul cambiante presagiando la masacre.



Tu cama al fin es invitada a flotar, hasta convertirse en vaivén placentero que disfrutas sin comprender.
Tu cuerpo horizontal besando sutilmente el techo de la recámara; acostumbrado a absorber, en un amarillo pardo, el añejo hedor de tu propio sudor.
La alegría de la naturaleza poniendo tu casa patas arriba; pero...
¡El agua salada está escapando por la ventana! ¡Rápido! ¡Sumérgete! ¡Desprende el tapón de la tina, allá, en el baño!
¡Los siete mares deben arremolinarse para salvar el honor de tus ríos santos!



Mínimos cambios.
Regresa a la cama. Presiona esa tecla; enciende la fogata debajo de tu almohada.





III

Las banquetas lucen limpias por primera vez. Tan pacientes reprimidas ante la distancia del pensar; muy cercano el clásico puntapié callejero; la cotidianeidad. La Realidad.
Deshonor propio y ajeno. Monos darwinianos semejando estereotipos en desarrollo, en un programa, en un sistema.



Alguna vez, mucho tiempo después de aquel suceso a orillas del río, el agua dulce y el cemento solían deleitar, a la par y sin prejuicios, a la arena de las llanuras cercanas; sin orígenes personales, sin enseñanza ni guía; descubriendo de esta manera el real concepto de una emoción: la aventura.
Hasta que una tarde que todos desearíamos olvidar, el agua logró huir sin defectos de fabricación; evaporada, incapaz de luchar ante semejantes enemigos; y es que no podía creer lo que esos monos darwinianos habían hecho con sus dos confidentes: petrificados para siempre.
La hermosa piel de la arena convertida en terribles costras dentro de otras rocas mudas, ciegas y sordas; sin tiempos mejores ni esperanza alguna; cuando todo lo que ellos deseaban, en un inicio, sin concepto de epopeyas o banales seudónimos, se basaba en recrear un simple origen: el todo.



No lo sé... Si la gente pudiese llorar, si la gente lograra reír. Si la gente quisiera divertirse.
No sé si aquella lágrima fue absorbida por el sol ensangrentado del pequeño emancipado; quizás la banqueta se impregnó de ella sin titubeos, buscando un poco de consuelo para un par de frustrados profetas ingenuos.
El atardecer enrojece de vergüenza. Por el extremo norte de la calle, más allá de ciertos concretos pavimentados, un viejo se seca el sudor a lo largo de los recuerdos que brotan de su frente; soportando la anécdota sobre el lomo encorvado.




IV

Letargo vespertino. La niebla nos envuelve, camina, tan lenta y espesa. Destellos en siluetas sin sonidos. Parece venir de ninguna parte; detrás de ella todo inmaculado que da pena.
Flotando desde hace siglos; sin tiempo por carecer de lo que tú comprendes por alma; sin ancianidad ni lactancia. Sabio su secreto de la eterna estética.
Parca, provocativa; erótica, te sugiere movimientos hormonales profundos al acariciar tu cuerpo seco con las llamas gélidas del deseo.
Quizás avanzas o ella desfila desnuda, mostrándose, sonriéndote; lo sientes en sus formas que descubren en tus ojos dos grandes torbellinos incoloros, inmunes; evitando fastidiar un sólo cabello de tu cuerpo.



Así, los dos caminos se desarrollan en direcciones anversas. Uno te advierte. Otro te invita. No dudas en aceptarla al incitarte en un éxtasis desconocido.



El descenso es cordial, casi vertical. Sientes calor en tu mano izquierda. Aromas conocidos acarician tu cerebro. Te abalanzas sobre la nada mientras tu nariz escurre por instinto o por costumbre. Las ideas bloqueadas. La niebla es carmesí.
Bruma juguetona hasta llevarte a una ventana empañada. Es la cabina de una nave que desea alcanzar las estrellas; al sol de un ocaso encadenado.
Es el “eslabón perdido” y nervioso que te grita desde el interior de la cabina, luego de advertir tu presencia indeseable; desempañando el cristal con su mano virgen, ridículamente enguantada en un blanco decadente:
“Mi vida no parece valer gran cosa para la NASA... Pero, ¿qué puedo hacer? Unicamente soy tu pariente lejano”.
Palabras textuales de un aborto antropológico con tintes de madurez.
Momentos cruciales en los que te transformas en testigo de su asfixia, de su resignación y estúpida calma; como todo desarrollo llevado a un límite equivocado; como judío dirigiéndose al baño final. Como inoculado fatal.
Eres la viva imagen de tu tatarabuelo.



Ahora eliges el aviso, confundiéndote entre una multitud formada por advertidos arrepentidos, inadaptados.
Son afiches sin fetichistas con las yemas de los dedos inflamadas. La virginidad mental resbalando en sus frentes torturadas en vano.



La sangre, como es su risible costumbre, llegó al río. El cuestionamiento es doble; nula tu respuesta.
Te enseñaron a evadir la experiencia. La parsimonia te lanza tan lejos que te conformas con mamar del recuerdo de tus padres. A un milímetro del cristal, el huracán mata.
Es una lástima, ya no puedes morir.





-------&-------




La primer tarde después del ocaso. El crepúsculo al fin enfada el horizonte. Ultimos rayos marrón sobre tu rostro, reposando, evadiendo las costumbres fastidiosas.
Es el Angel de la Independencia
[1] que se yergue a la orilla de un río pasmoso en smog, aleteando sus sucias alas doradas; quien te dice:
-El precio de la locura, si no lo puedes pagar, te ordenará orinar sobre el sol.




El Angel ahora te sonríe, carcajea mostrándote su dentadura de chacal, deseoso de mordisquear hasta deglutir los manjares del río y del mar, de la niebla y del viento; de la vida y la muerte.
En el fondo de su garganta los grandes recuerdos del hogar, enmarcados por unas banquetas pusilánimes, absortas en esa amistad que ha mutado en comprensión. –La vida te da otra oportunidad.



-El fin ha huido –te dice el Angel-; ahora, debes llegar, descifrando el inicio de este cielo despejado.



El Angel erupta angelical; y es que estás a punto de ser digerido; abriendo sus alas, desprendiéndose del pedestal enmohecido, volando hasta perderse en un astro tan sanguinario como lo pueden ser tus propios horrores intrascententes.
El propio Angel desea ser apedreado por millones de ilusos capitalinos; pero a final de cuentas se pierde en el claro horizonte, totalmente escéptico.



Millones y millones seguirán brotando con afanes de chimpancés disfrazados en deseos medibles por un simple suceso accidental, en las paredes de la gran ciudad que no has sabido querer; que te han enseñado a ignorar.



Lo untoso de tus venas; las cuales otro pobre diablo lamerá hasta que broten extrañas alas en su espalda; hasta que se sienta ridículo de permanecer sobre una banqueta, sobre un pedestal, sobre su cama; experimentando renovados matices y el nacimiento de novísimas alas; terminando por imitar al Angel Independentista -de ángel no tendrá nada.
La vida real, más allá de la realidad que te ofrecen.



El Monumento a la Masturbación ha desaparecido; esto es algo que a ti no te interesa.
Los cuatro elementos han logrado olvidarte. Tus manos en tu nuca. Tus dedos en las teclas.



Y por si fuera poco, la sombra al asecho del perfil decadente de un ángel caído cuestionando mi descuido mientras desvío los ojos de esta hoja de papel:
-¡Demuestra ser digno!
Comprendo que su plan es perfecto y el error promiscuo. Ambos anversos a la causa justa.
Le ofrezco mi honor; transfusión de espermas zooides. El ángel vuelve a intentarlo:
-¡Acaso me mereces!
Mi hambruna es perezosa, el estetoscopio hipnótico. Detrás del ángel humea radiante el lomo del mundo como única escenografía. Dulce inmovilidad glandular. Demagogia de origen y acaso quién lo parió.
Cuadro blando, fondo puro enmarcando al difamador de azules ambarinos y tenues florecientes en el sudor sucio de sus ojeras. A la diestra orín sangriento de ilusos soldados comprados; vendiendo. Insiste:
-¡No me provoques!
-Lo sé todo –le respondo, sereno-. Ahora habla tú.
Pero el ángel vuela de nuevo.
Dieciséis cadáveres arrean una bandera en la pantalla. El Primer Impúdico se seca una lágrima de insomnio; señal de no admitir intrusos al redactar las noticias del día de mañana. Noticias de primer esquina en las paredes de la ciudad; de último rango en los libros que pretenden conocer la anécdota a cambio de sentirla. Optimo anónimo del círculo perfecto.
Catástrofe en el corte transversal de la antena izquierda de una mariposa blanca que hasta hace unos segundos cortejaba esta vela. Terminó en el momento exacto: antes de archivar la opción como un simple fin. Su instinto el destino; evitando comprender la muerte por no haberle importado planear la vida.
Seguramente ahora la mariposa se burla de nuestra ignorancia detrás de una roca de polen. A su lado, una diminuta araña de órbitas carmesí cuelga del candelabro; su equilibrio es perfecto; el retroceso futurista.El lomo del mundo se ha enfriado; se endereza...
[1] Alusión al Angel que corona el monumento a la independencia mexicana, ubicado en la ciudad de México.

jueves 8 de marzo de 2007

Diario



03-17-43
Igual que siempre. Lástima. Qué triste la casa. Deambulé por el barrio. Las calles vacías.
Esta vez me dejé llevar por el azar. El lugar era relativamente pequeño. Chistosos. Armoniosos. El lapso entre el día y la noche me pareció momentáneo.
Debo apurarme, van a dar las siete.


03-26-43
Me dio gusto lograrlo de nuevo. Esta vez salí sin ver atrás.
Me arrepiento de no haber comenzado este diario hace meses. He olvidado muchas cosas.
Es duro levantarse de la cama y tener que escribir, pero creo que vale la pena.
Vi su curvatura. Matices divinos. Quietud y paz. De pronto salió el sol. Recuerdo un edificio de cinco o seis pisos, era rojo. Lo recorrí de arriba a abajo como si fuese una araña pendiendo de su hilo. A través de los cristales distinguía gente, de compras quizás. A la izquierda del edificio había un jardín muy grande y hermoso; gente caminando. Pero todo era de cierta manera estrafalario.


03-28-43
De cerca es verdaderamente admirable. Desde ella vi la mitad de casa en colores verdes y blancos, tal vez eran azules. Había, por así decirlo, cierta comunicación entre ella y yo mientras la veía flotar.
Comienzo a preguntarme si me estoy volviendo loco. Lo único cierto es que nadie debe conocer este diario.


04-10-43
Fui por segunda vez. Tercera quizás. Idéntico recuerdo. Sus verdaderos colores son fuertes, sin referirme al color en sí; no sé explicarlo. Colores realmente asombrosos.
Parece extraño, pero en grandes zonas de su cuerpo hay silencio, un bello silencio. Al menos así me pareció.


06-08-43
Pensé que no lo lograría más.
Había visto sus anillos en dibujos. Nunca imaginé que fuesen de hielo flotando a su alrededor. Bloques tan grandes como Arizona y tan pequeños como mis dedos. Algunos de ellos parecen trabajados a mano.
La verdad no logro recordar si los hielos se movían o si todo avanzaba. Sentía como si mi alrededor me oprimiese. Algo se expandía y se estrechaba.
Creo que algo vi y comprendí. No puedo explicarlo.
¡Cómo quisiera poder escribir todo esto con lujo de detalle!


06-14-43
Antes de salir pude ver a papa y mamá. Ella lo abrazaba. El tan cansado como siempre. Pobres de ambos, la tienda está acabando con ellos. No me atrevo a decirles que reprobé.
Eran gigantescos, vivos. Eran formas excéntricas, salvajes, feroces.
Algunos parecían burbujas de agua del tamaño de un globo de gas. Se devoraban de un solo tajo unos a otros.
Más bien no puedo precisar su tamaño; aunque había algo así como un monstruo. Sus ojos eran manchas traslúcidas e infinidad de “patitas enormes” se movían frenéticas bajo ellos.
De pronto un viento espeso los arrastró, como si en verdad fuesen insignificantes. Todos ajenos a los demás. Nada los alumbraba.


06-18-43
Si tomamos en cuenta el volumen, o más bien dicho, otro ángulo, las constelaciones muestran en verdad un cuerpo.


06-29-43
¡Qué experiencia!
Sabían que yo estaba ahí. Todo era silencio a pesar de que sus sonidos me avisaban. Me veían y los veía; sin embargo algo me impide describirlos. No puedo siquiera dibujarlos. Era algo así como un secreto.
Uno de ellos parecía buscarme, como si a la vez todos lo hicieran. El sabía que yo no pertenecía a ese lugar. Intenté algo parecido a un saludo y una gran emoción me envolvió. El comprendió mi emoción; sonreíamos de alguna manera. Me sentía protegido.


07-18-43
¡Regresé!
Volví a verlo.
Se encontraba en la misma posición. Creo que ellos son luces. Al estar con ellos comprendo mucho; al despertar lo olvido, como si algo o alguien se encargara de separarnos.
Es verdad, era mujer, bella, a pesar de no asimilar su rostro. Tal vez no tenía rostro. Su sonrisa me atraía demasiado, yo la seguía; o ella se acercaba. Por más que me acercaba ella a la misma distancia. La sentía muy próxima, estaba en todas partes. Ella sabía de mi ignorancia. Su expresión modificándose en muchos gestos sincronizados, y cada uno de sus gestos hablaba por sí mismo bajo su luz.
Al ver su silueta yo lograba comprender mientras los demás se esfumaban. Ella era todo. Hubo mucho más, pero como siempre no lo recuerdo.


10-27-43
Justificante. No ante tu hecho; ante el hecho.
Verdadero amor. El real no lo puedo comprender.
Idioma.
Ideas válidas sólo para mí.
Nosotros forma igual a pensamiento negativo.
Meditar igual a evadir realidad.
Mi plano tan válido como el suyo.
Razona mi vida. Ella es mi mundo.
Pasar a otro lugar.
Eres ingenuo.
Amo concretos sin basura.
Me encuentro a doce millas de la ciudad. Son las nueve cuarenta y uno de la mañana del 28 de octubre (domingo).
Estuve pensando en lo efímero de mis escritos como consecuencia de la vaguedad de mis recuerdos.
Ayer dije en casa que iría a pasar el fin de semana con algún amigo; pero la verdad es que me dirigí a este lugar. Caminé hasta no poder más, lo suficiente para que las luces de la ciudad desaparecieran casi por completo del horizonte. Calculo que estoy a unos cien pies de la carretera.
Hice el experimento ¡y resultó! De esta manera durante la madrugada pude escribir palabras aisladas y alguna idea de lo que vivía en ese mismo momento.
Las líneas del 27 son los indicios que anoté ayudado de una lámpara. Ahora los desarrollaré.
El calor comienza a ser molesto pero no me importa. Si espero a regresar a casa olvidaré todo, como siempre. Un pequeño hilo nos sigue uniendo. Mis manos tiemblan, espero que mi letra sea legible:
Ella me esperaba en la misma posición de ayer y de hace cuatro meses. La comunicación fue extensa.
Todo tiene un justificante antes de una causa o un efecto; pero no ante el hecho provocado sino ante el hecho en sí. Yo soy tan sólo quien lo efectúa. Toda aberración posee justificación. Esto es sincronía.
Habrá una futura sofisticación que no será más que clasificación de lo clasificado, la clasificación de lo ya justificado. Esta extraña sofisticación llevará a la inútil comodidad sin justificación; a una superflua monotonía. Esto es sentido común.
La justificación no será el hecho en sí, sino el hecho ya clasificado. La clasificación será la sofisticación; la sencillez de acción y la complejidad de hechos. Simple vanidad. Absurdo afán de modificar el orden. Ocio convertido en quehacer inútil. Vulgar.
La sofisticación llegará. Todos comprarán. Todos desearán ser comprados para evitar pensar. Los retoños de la mercancía novedosa serán la sofisticación de lo sofisticado. Un pedazo de algo que no llegará a hecho.
La pasión pura es inmune a la sofisticación.

Ella me comprende; yo la acompaño sin lenguaje de por medio. Lo siguiente son sus respuestas sin yo preguntar.
No tiene historias sobre algo superior. Una imagen es un error. Los conceptos son innecesarios. El patriotismo es temor. El exceso de meditación es evasión. Mi realidad es tan válida como la suya. Dice que yo amo los concretos sin basura.
Ella está próxima a abandonar ese lugar, su hogar. Sin fe, más bien con certeza. Pero está insatisfecha.
Mi amor es válido para ella pero en un nivel muy bajo. Ahora comprendo que ella me guió. Soy parte de ella. Ella es la originalidad. Me atrajo para demostrarme su error, para salvar el hecho en sí y el hecho provocado.
Todos mis sueños anteriores, por así llamarlos, fueron el laberinto hacia ella, hasta que logré salir, hasta que encontré su llamado. No lo habíamos logrado porque su insatisfacción carecía de sentido; ella no comprendía la causa de su insatisfacción. Me explicó que la gente de luz muta al lograr la comprensión personal. Esto es hermoso.
Su insatisfacción será la causa del declive. Su mutación, el primer síntoma de renovación; pero este tardará en llegar.





10-03-61
Tuve suerte de haber encontrado mi diario después de tanto tiempo. Entre ayer y hoy lo he leído una y otra vez hasta aprenderlo de memoria.
Me he vuelto un solitario que sirve solamente para despachar gasolina. Hace años me retiré a vivir aquí, al lugar de nuestro primer encuentro verdadero. Mi casa es de madera y está bastante sucia. Nunca la he limpiado, nunca lo haré. Soy feliz. Este es el único lugar donde nadie se puede burlar de mí. Soy libre.
Nunca más he vuelto a experimentar. Nunca he vuelto a viajar. La razón es lógica.
En verdad creo. Comprendo que el lugar no existe.


miércoles 7 de marzo de 2007

Arrecifes Daltónicos



I

Laberintos de luz atajan las sombras.
Yo gusano, ubicado en la sexta opción musical, propongo mi estrategia al morador de armonías.



Arrecifes daltónicos en agujeros negros crean del todo poseído. Algo se mueve, nada me estorba. Ahora puedo provocar el tropiezo.
Largo cabello decora tu espalda en finos brotes de infancia. Fiesta del mar sobre el césped, luciendo aletas de cristal las cercanas mariposas del otoño.
Insisto en el ensayo de un idioma no creado.

Gotas de fuego
mudan acordes
bajo la nieve

El simulado salvajismo del ciempiés esconde cierto agudo raciocinio de mecánicas; transparente fe sin causa aparente.
Recorriendo el primer vientre femenino en ocasión reconoce su poder y sutileza. El color de mi respiración impregna ombligos de terciopelo. Es blanca mas nunca antes.
Permito al animal explorar sus instintos. Aviso de risa; voz cruda.




Armónicos extremos
del intelecto barbarie

Colinas extraviadas persuadiendo la rutina; negándose a ella y el gorrión a lo intenso. La yerba en sus senos me dice que no habrá final.
Batir de alas. Lluvia pertinaz.
Arcilla, asepcia, resbalando nuestro cuerpo de capullos prematuros, vanidosos, impacientes, intuyendo que este rito es mandato natural.
Inocentes pajarracos procurando perdurar.

Pezones en veda
el ave en tierra

Muda plumas por dedos.
Pistilos en nubes de argón ante la disyuntiva de ver… hablar.
Prefiero el vuelo.
Descubre los restos del brío al rozarse con el césped. Un hongo la penetra.
Mastico basura. Lo demás hace.

Falanges refractan la luz

Las Madres de la Invención puntean cuerdas en un piano; cerca del fuego que nos reseca. Alguna araña patona protesta, su prisa simula la muda.
Permanecer, como la hoja que sube desnuda hasta el arcoiris de un limpio rocío, pureza; sucio desvarío por proseguir. -No puedo cederla.

“¡Rocío!”

Rocío en tus mejillas; en tus miedos que ascienden intactos.
El sacramento nos lo otorga la unión, nunca la voz.
Excelso silencio. Sordo grito al burlar protocolos.



Ceniza de fuego
sombra de leño


Reflejo de uno solo; de uno, solo.
Un error: proseguir. Una opción: reserva, nostalgia, desierto. Triunvirato perdido en la casa de los espejos; donde laberintos de luz siguen confundiendo a las sombras.

No tuvimos cautela al construir este fugaz nido de alambre; encubando voces en la incertidumbre de lo inevitable; en la aridez de nuestras lenguas enroscadas.
Es la oportunidad del ciempiés. Razón de ser del ocaso.

Eludimos lindes
de la Trinidad

Tres minutos.
La dicha nos complace al hacernos creer que ronda. Ceniza dispersa de agua sombría cuando el ave sangra efectos extremos en sus caderas.
Tan sólo una vela: la necesita…
La enciendo, la ubico. Oscuro declino mirada femenina. Mi tacto bastante duerme sus ojos de negros blancos bajo el agua. Polos relativos del timbre y la podre dando paso al primer dígito inventado ante el blando imaginar humano: décima repetición de lo ideado.
Dulce sueño Maya.


Nueve líneas
en las llamas

El olor del agua en movimiento es fe del arrecife circundado por peces cuyas plumas adornan, arrullan la entrepierna de la Primer Mujer.
Madres enmudecidas.
Medianoche. Se pregunta si el cuadrante se diluye o la electricidad endurece sus nervios.
Hermoso tordo en la ventana de madera, de mirada intraducible.


Mi palabra
encrucijada

Los otros elementos se abstienen. Redobles ridículos retiemblan las bocinas. Himno de muerte.
Ella no necesita almidones para admirar el amanecer. Un La Sostenido reinventa caminos tortuosos de la cera.
Cubre el teclado, baja del árbol, viendo a lo lejos algún tejado con ambos viejos adormitados.
Hemos creado una esperanza que fortalece en las olas preservando el papel. Suaves líneas en el ritmo de esta imagen.

Necia nota
de la marea






II

La luz emana. Ella descansa. Algo me sigue, mordaz.
El gusano en vigilia convence a la prudencia más allá de la arena; donde tan sólo suelen ser respetados sales y huesos.
Agua de lejanas lluvias en los caracoles. Lodo escurriendo tibio de mis genitales. Un hongo en la mente del lenguaje dogma en ramas deshojadas y testimonios beatificados.

Cristales.
Docenas varias de patas ondulantes resbalan pétalos en aire espeso, procurando al viento.
Matriz hoguera.
Gotera paladar: aves invernando en cajas plateadas gestan preludios que eviten renovarse al Sol. Punzante llamado del mago en la nieve. Perpetua noche peninsular.
El día comienza; la labor ha terminado...

Alud de moluscos
sazón en el fango

Sus espinas perderán vocación si el asceta se atreve a vencer otro dogma: mi rostro ya cabe en el recuadro; el recuadro en la mesita.

A pesar de todo, nuevas líneas en ebullición; de neurona en neurona, de pregunta en pregunta que duda si dudas.
Sonríe tu voz.

Aún poseemos el derecho de hipótesis no concebida. La estética resultaría prudente filosofía en esta tesis desgastada, maldecida, claramente demostrada, tramitada y archivada en patentes, en botellas a la mar.

Abstractos

El necio persiste; la convencida espera. ¿Cabe pensar una respuesta?
-Nada te ofrezco. Todo me estorba.
El convencido duda; la necia aterrada:
-Allá, debaten jurisprudencias del ocio; en tres puntos equidistantes entre cielos, mi cuerpo; el perdón.


Demandas; derrocho... Ahorras; denego.
Ruego; ofreces... Exijo; retornas.
Al besar tus labios, tal vez mi lengua arranque algas en las entrañas de los náufragos. Unico recato de su linaje.
Imposible destino del faisán en la mesa. Pospongo mi farsa soportando tu afán. El incienso recorre tus ojos de follaje denotando fastidio por lograr un instante… un instante.

Concedo resignado una réplica del don.



(Preludio)… Barcos en el horizonte.
La araña restaura su casa con decoro; a pesar del calor de la chimenea incrustada en estas paredes de lechosa gelatina.
Un feto gesta garras; soltando la jeringa que libera esa última gota tardía.

El ingenuo habla: “Guarda mi llanto. Me niego a fecundar”.
Saliva piedra: corcho habilitado en la celebración. Aquí, en tus cuevas. Montañas de frutos.
Enrosca mi delirio; tu estrategia…

Beberte



El árbol torcido también es frondoso; provoca sombras para reposar la fatiga del jinete.
¡Qué paz habrá sido la del siglo diecinueve! Unicamente la del siglo diecinueve, cuando la mecánica era romántica y el sueño diabólico.

Suaves caobas torciendo a mi izquierda. Venus la diestra. Me temo que yo vibro -si al menos temblara.
Flor misteriosa de luz olorosa en mi tacto enraizado origen cascada.
Otra uva pasa en eje vapor.
Guiness calidad. Nobel apolítico. “El Grito” de Munch tambalea el tablero: Reina de aletas delfín; peones escamas en pez vela. Arrecife sicodélico es cimiento de un faro que una vez fue torreón.

Líquido mental
lívido metal

Yucatán al fin emancipado del tercer encuentro. Indios, faisanes, confidentes naturales.
Otro continente.

Esta botella de vino contiene uno de los eslabones que suelen contar tus contracciones. El collar equivaldría a nuestra temporada.
Falso celo; apacible tormento.
Tu fina cabellera de vertiente en la ribera.

Ensayo
de Miró



No sé si julio representó mi ascenso.
Ella toma fotografías de las excusas que han optado por la vereda al altiplano.
Ahora puedo descansar.

Es recomendable perder el hígado a ganar la rutina; los reflejos a la lucidez.
Su equilibrio al borde del cenote. La huella del Hombre sigue zanahorias atadas a la sensatez. La hoja de vid posa suave en el vientre hinchado de capullos. Sin prisa, el tordo la seduce.

La voz del viejo:
“La paz huyó… ”

Un Si intuitivo es un No de sospechas. Un sol apenas sostenido por el bochorno sigue guiando estas nobles gotas de cera.
Minerales de otros mundos en la selva que termina: el rastrero cae sin fraguar mi suicidio.

Neuronas miles son intestinos. Negativos hollín. El Tercer Ojo en su yema lisa.
Línea digital desmadejada, desconectada de toda prueba acusadora, de uñas decoradas por grafitos de provincia y flashes doloridos en las palmas dirigidas a las costras del madero.
Pulseras de espinas ennoblecen las zancadas de un gato que brota de la pared; armonizando con decoro el tablero y la mesita.

Guiar anónimo es libre liderazgo: excusa por no ser admirado. Nunca algo más.
Acaso este inmenso amor incomprendido. Quizás robar este libro a cambio de perderlo: partituras del híbrido, tallos prosa, mixtura invierno. Anécdota completa del pentagrama. Compases -aforismos- sujetos a su garganta desgarrada por la tempestad.

Un tordo posa
en el teclado
la hoja roza
el pedal
Sexta rama
sobre el tejado
...al

Hasta que los presos sean numerados al azar; excepto el que anteceda la hipótesis normal.
Las miradas de los falsos Lo consumen en el fondo de arrugadas bolsas de papel.
Sus mentes se atreven sobre la palma de mi mano.




Quisiera maldecirte en la historia que me burla; cuando somos dos burlas para la historia.
¡Tus muslos talismanes!











III

Y los valles terminaron en colinas.

¿Qué otra cosa podría haber en este muro sino ventanas? Simples y aburridas ventanas de un simple y aburrido edificio escondido en barrancos de inmundicia.

Elipse digital a punto de apretar el botón: millones de insectos pensantes brincarían aterrados de la lata de conservas.
Un anular caracol. Un anular gusano. Un anular rama. Un inesperado anular rana inundando el techo de sublime follaje azul.
Ella puntea el piano con su helado anular telaraña.

Cigarros temblorosos en los dedos blanquecinos de gorilas marionetas.
Las raíces sangran. Nuestras fosas nasales aún gotean, humean. Telas rotas mantienen funcionando ciertas articulaciones.

Tumbas deslavadas

Sobrevivieron unos cuantos renacuajos.
Bodegas de carne con bruma de ocasos astutamente protegidas por ratoneras de agua y uno que otro burro alado mordisqueando manzanas hermafroditas.

El entrecejo de la nube brizna pestañas espigas. Aquel gorrión suplica recuerdos que aun predica.
El mundo girando sobre rieles allá afuera. Pulseras espinas rasgan su luna.

Muros de falanges rematados en frías cadenas de músculo muerto empañan sus cristales.
Llanto sellado. Galería de un arte en cofradías distantes.

El perfil del gusano es anverso perfecto de su esqueleto en florida concesión propiedad de mi civilización.

Dos senos parlantes firmados por Magritte.

El doble del teatro experimentando novedosas muecas con su ojo de cristal en cuerpo de orquesta.
Estoy tentado a lamer pintura blanca sobre mi obra; y es que el don del silencio le ha sido otorgado al embrión.

Los siglos son simples signos en canto cubista si la hoja cae espiral; sugiriendo semejanzas desde el germen hasta la morfología de mis orejas.

Rastro pergamino. Pies de perros santos. -Su vientre, sax guillotinado.
A mitad del recinto, del suplicio, discretos aretes a punto de estallar belleza.
Su precio me ha acostumbrado al insomnio.
En el sombrero, sobre el tejado, caen las monedas del ser amado.

El dibujo de un infante podría exigirlo todo del impresionismo: máscaras.
Borrosos escollos contemplativos.

Cinco centímetros cuadrados de respeto por un Tlaloc sacando la lengua cascada. -También lo han comprado.
Esta casa sabe reírse de mí.

El fax pasó sobre la araña que sirve de alimento a hormigas prisioneras en telas de juicio; después de ilustrar mis párrafos con su tinte para el cabello; ante el jurado representado por un asno con tres moños en la crin de la soberbia: cavernas en sus colmillos. -Dos bocas roca.
El primer abogado de la nación anota su teléfono en una servilleta; apoyado en el maniquí que abre sus piernas carmesí.

¿Sios Soid?

Panasonic caga un kilómetro cúbico de pelos en la medusa óptica: La Pantera Rosa se desliza en la nieve de Saturno; imaginando anillos en nuestros dedos anulados.
Muy lejos, el sol suda hasta lubricar en veda materna los lindes de su cabellera.

Fémur tronco. Infinitas columnas óseas en ramas puntas falanges. Cresta de frutos que la gravedad libera y las Madres retornan presurosas a tierra.
Eternas.

Sueño vertebral

Planicies confundidas en barcazas en castillos con muelles espejismos; rozando los bordes de redes gaviotas.
Henry Miller tenía razón: todo se mueve.
El agua desearía escurrir lenta: lombrices probando suerte al dejarse arrastrar por la corriente; sorteando el salmón que Dalí dejara inconcluso esa noche desbordada.
Edward James, como todo caballero, supo gastar su fortuna al canjearla por cenizas vivas de naturalezas muertas.

En el tejado, el fantasma de una niña reclamando a Serrat: “¡Insensato! ¡Los Pueblos Blancos también nacen a la orilla del mar!”



Tal vez la ebriedad me autentice: tristes fortalezas son las urbes. No hay diferencia entre plagas y metáforas adoquinadas.
Es verdad, nuestros años no fueron bastantes en ausencia del neón.

La hoja de acero se eleva lenta, convirtiendo al blanco en verdugo.
El circo de la guerra nos tiene sin reserva.

Más lejos, allá, a la orilla del estanque, nuestros hongos alivian, revisten al madero mutilado.
La rana libre, de piedra en piedra, de hoja en hoja...

Triplicamos las estrellas en mar abierto; las olas se conformaron con dos necios. Nada.

El hambre lo es todo: el hombre no es Nada.
Allá, dragones caricatura sazonan faisanes.
Aquí, el ciempiés alimenta a mi gorrión agonizante.

En alguna parte, supongo, un renovado ensayo brota de la mirada del tordo.